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La importancia de la ética en la gestión

Una reflexión sobre la responsabilidad de representar a una comunidad

por Gus Chiosso

La ética en la gestión no debería ser una virtud extraordinaria. Debería ser el punto de partida de cualquier persona que asume la responsabilidad de representar los intereses de otros.

Una Unión Vecinal no es una empresa privada, un espacio de poder personal ni una plataforma para satisfacer intereses particulares. Es, esencialmente, una institución al servicio de quienes la integran. Y esa diferencia, aunque parezca elemental, no siempre resulta evidente en la práctica.

Nuestro barrio comienza una nueva etapa, con nuevas autoridades y con la oportunidad de recuperar algo que ninguna gestión debería perder: la confianza de sus vecinos.

Venimos de una experiencia institucional que, cuanto menos, dejó interrogantes, desacuerdos y una sensación de distancia entre quienes debían representar y quienes esperaban ser representados. No se trata de buscar culpables ni de reabrir enfrentamientos, sino de comprender que una gestión también se evalúa por aquello que permitió, por lo que omitió, lo que ocultó y por la manera en que respondió a las preocupaciones de su comunidad.

La reciente denegación de la habilitación del salón de fiestas constituye un hecho significativo. Más allá de las posiciones que cada uno haya sostenido, debería invitarnos a reflexionar sobre los límites, las responsabilidades y la importancia de escuchar a los vecinos antes de que los conflictos escalen.

Porque gestionar no es imponer. Representar no es decidir por los demás. Y ejercer autoridad no significa disponer de derechos que pertenecen a toda una comunidad.

La ética también exige honestidad al momento de reconocer los logros. Las conquistas colectivas no tienen dueños individuales. Atribuirse méritos ajenos no engrandece a quien lo hace, por el contrario, revela una concepción equivocada de lo que significa servir a los demás.

Las nuevas autoridades tienen por delante una oportunidad valiosa: demostrar que es posible gestionar con transparencia, escuchar incluso a quienes piensan diferente, rendir cuentas y anteponer siempre el interés común a cualquier conveniencia particular.

La confianza no se exige por ocupar un cargo. Se construye con decisiones, coherencia y respeto.

Ojalá esta nueva etapa nos encuentre con menos protagonismos, más participación y una convicción compartida: la Unión Vecinal pertenece a los vecinos. No a quienes circunstancialmente la administran. Hay motivos para el optimismo.
Amankita