La leyenda del Amancay
Una flor nacida del amor
En los antiguos bosques de la Patagonia, allí donde las montañas se levantan como guardianas y los lagos guardan en sus aguas el reflejo del cielo, cuentan que vivió una joven llamada Amancay.
Amancay era humilde y bondadosa. Pertenecía a una comunidad que habitaba aquellas tierras entre cipreses, coihues y senderos de piedra. Su corazón, sin embargo, pertenecía a **Quintral**, un joven por quien sentía un amor profundo y silencioso.
Un día, una terrible enfermedad cayó sobre la comunidad. Quintral enfermó gravemente y Amancay, desesperada por salvarlo, buscó la ayuda de una machi. La anciana le reveló que solamente una flor amarilla que crecía en lo alto de la montaña podía devolverle la salud.
Sin pensar en el peligro, Amancay emprendió el ascenso.
Subió entre piedras, vientos y precipicios hasta encontrar, finalmente, aquella flor luminosa que parecía guardar un pequeño fragmento del sol entre sus pétalos. La arrancó con cuidado y comenzó el regreso.
Pero el cóndor, guardián de las alturas, apareció ante ella. Le reprochó haber tomado algo que pertenecía a la montaña y le exigió un precio.
Amancay no dudó.
Si aquella flor podía salvar a Quintral, estaba dispuesta a entregar lo más precioso que poseía: su propia vida.
Conmovido por semejante amor, el cóndor aceptó llevar la flor hasta el valle. Y mientras atravesaba el cielo, algunas gotas de la sangre de Amancay fueron cayendo sobre las montañas. Allí donde tocaron la tierra nacieron nuevas flores, doradas como aquella primera flor y salpicadas de rojo, como recuerdo de su sacrificio.
Desde entonces, cuando llega el verano, el amancay vuelve a florecer entre montañas y bosques.
Y dicen que no lo hace solamente para anunciar la estación.
Florece para recordar que existen afectos capaces de entregarse sin pedir nada a cambio; que hay personas que encuentran su fuerza en cuidar a otras; y que aquello que nace del amor verdadero puede sobrevivir incluso a la ausencia.
Por eso, en la tradición popular patagónica, el amancay quedó unido para siempre a una sencilla y hermosa promesa:
«Quien da una flor de amancay, entrega su corazón».
Amancay era humilde y bondadosa. Pertenecía a una comunidad que habitaba aquellas tierras entre cipreses, coihues y senderos de piedra. Su corazón, sin embargo, pertenecía a **Quintral**, un joven por quien sentía un amor profundo y silencioso.
Un día, una terrible enfermedad cayó sobre la comunidad. Quintral enfermó gravemente y Amancay, desesperada por salvarlo, buscó la ayuda de una machi. La anciana le reveló que solamente una flor amarilla que crecía en lo alto de la montaña podía devolverle la salud.
Sin pensar en el peligro, Amancay emprendió el ascenso.
Subió entre piedras, vientos y precipicios hasta encontrar, finalmente, aquella flor luminosa que parecía guardar un pequeño fragmento del sol entre sus pétalos. La arrancó con cuidado y comenzó el regreso.
Pero el cóndor, guardián de las alturas, apareció ante ella. Le reprochó haber tomado algo que pertenecía a la montaña y le exigió un precio.
Amancay no dudó.
Si aquella flor podía salvar a Quintral, estaba dispuesta a entregar lo más precioso que poseía: su propia vida.
Conmovido por semejante amor, el cóndor aceptó llevar la flor hasta el valle. Y mientras atravesaba el cielo, algunas gotas de la sangre de Amancay fueron cayendo sobre las montañas. Allí donde tocaron la tierra nacieron nuevas flores, doradas como aquella primera flor y salpicadas de rojo, como recuerdo de su sacrificio.
Desde entonces, cuando llega el verano, el amancay vuelve a florecer entre montañas y bosques.
Y dicen que no lo hace solamente para anunciar la estación.
Florece para recordar que existen afectos capaces de entregarse sin pedir nada a cambio; que hay personas que encuentran su fuerza en cuidar a otras; y que aquello que nace del amor verdadero puede sobrevivir incluso a la ausencia.
Por eso, en la tradición popular patagónica, el amancay quedó unido para siempre a una sencilla y hermosa promesa:
«Quien da una flor de amancay, entrega su corazón».